Intentar ser uno mismo

 

 

 

Una de las frases más hermosas que he escuchado en una canción es “reivindico el espejismo, de intentar ser uno mismo.” (La Belleza, Luis Eduardo Aute).

Como anécdota dejo constancia que la escuché por primera vez en 1998, pero gracias a Miguel Bosé y su disco “11 maneras de ponerse un sombrero”. Mis amigos puristas me van a putear, pero hay que dejar que las cosas bellas lleguen a uno, con tal de que lleguen.

Y desde hace casi 20 años esa frase convertida en mantra usualmente se me presenta. No siempre le soy fiel. Pero está. Y se la recomiendo a cada ser humano que me importa –o que presiento podrá entenderla-.

Tiene varias formas de cobijarte aquello de buscar el espejismo. Una de ellas es ser un hombre honesto con el riesgo de convertirte en un encubridor de delincuentes.

A lo que voy:

La pequeñez humana existe. No hablo de tamaños físicos, sino intelectuales. Digo intelectuales porque el alma (que es una palabra tan útil para estos casos), vive en el cerebro del ser humano. También podría decir pequeñez espiritual, pero viene de ahí mismo. El cerebro es más grande que cualquier dios. Es cuestión de asumirlo.

Y en virtud de que la pequeñez existe (intelectual, de alma o espiritual, escoja usted), es sencillo entender que miles de seres pequeños están dispuestos a defender lo indefendible en su tienda política. ¿Acaso por un sueldo? ¿Acaso por un sentimiento de amistad? ¿Posiblemente por odio al contrario? Todo es posible, en especial con la gente con alguna necesidad física superior a una necesidad ética.

Puedo entender las razones de aquel que nunca fue nada y hoy siente que es algo porque (piensa que) forma parte de un partido político. Pongo entre paréntesis “piensa que” porque seguro no tuvo el chance de decidir nada, de votar por nada, ni peor de robar algo en algún contrato.

¿Pero qué pasa cuando una persona íntegra, inteligente, culta, reacciona de forma instintiva para defender, ya no a la persona notoriamente corrupta, sino a la institución? ¿Por qué hay gente noble dispuesta a defender el partido aduciendo que los hombres podemos fallar, pero que el partido no tiene la culpa? Esto es falaz. O al menos se vuelve falaz cuando la evidencia demuestra que ha sido la práctica común de tal institución el acto corrupto, la acción delincuencial.

¿Qué pierde una persona honrada cuando decide mandar al carajo aquella empresa que dio por virtuosa, aquella idea que creyó adecuada, aquella ideología que pensó haría más bien que mal?

Con un pequeño esfuerzo, impulsado por esa misma honradez, y una clara defensa a la propia individualidad, esa persona entenderá que nada ha perdido.

Además, la imbecilidad también existe. Y por lo tanto es posible que sea un acto fundamentalmente imbécil creer que si un creyente del dogma católico acepta como ciertas las miles de evidencias de la pedofilia y de la protección institucional del Vaticano hacia sus pederastras, pueda ser visto a los ojos de su deidad como un acto de traición a su fe.

Y en virtud de que la imbecilidad existe, es sencillo entender que miles de seres imbéciles están dispuestos a defender lo indefendible en su institución religiosa. ¿Acaso por miedo a ser desleal con una entelequia? ¿Acaso por un sentimiento de pánico a no recibir el “milagro” que has esperado desde hace años? ¿Posiblemente por que odias a los mismos a quienes un cura enfermo odia? Todo es posible, especialmente cuando no eres diferente a quienes en otras épocas encendían hogueras humanas con las personas distintas. Todo es posible, en especial con la gente con alguna necesidad física superior a una necesidad ética.

Puedo entender las razones de aquel que nunca fue nada y hoy siente que es algo porque (piensa que) forma parte de una grey que es mayoritaria. Pongo entre paréntesis “piensa que” porque seguro no tuvo el chance de meterse en la boca una ostia de la mismísima mano del arzobispo, ni tampoco será escondido en el Vaticano si es que es denunciado por pedófilo. Puedo entender las razones del enfermo incurable que reza por una sagrada curación y teme que le será negada si opta por rechazar las bajezas de su iglesia.

¿Pero qué pasa cuando una persona íntegra, inteligente, culta, reacciona de forma instintiva para defender, ya no a la persona notoriamente corrupta, sino a la institución? ¿Por qué hay gente noble dispuesta a defender a la iglesia aduciendo que los hombres podemos fallar, pero que la iglesia no tiene la culpa? Esto es falaz. O al menos se vuelve falaz cuando la evidencia demuestra que ha sido la práctica común de tal institución el acto corrupto, la acción delincuencial. Cuando la acción perversa ha sido institucional y desde la cúpula, hablar de “pocos malos elementos” como defensa es un chiste contra la inteligencia.

¿Defender a curas, obispos y papas pedófilos e encubridores te hará llegar al cielo?, ¿defender a un cura que vomita odio te asegura el paraíso, o solo confirma que eres un pobre infeliz atormentado igual que él? ¿Crees –maldito demente- que desearle a una mujer que sea violada porque ella se declara atea, te subirá algún punto ante los ojos de tu dios? ¿Es tu deidad tan, pero tan pequeña, que no consigues separarla de la inmundicia de sus autoproclamados representantes y terminas defendiendo patas arriba a pedófilos porque de chiquito te enseñaron que “todos somos la iglesia”?

¿Qué pierde una persona honrada cuando decide mandar al carajo aquella empresa que dio por virtuosa, aquella idea que creyó adecuada, aquella conducta que pensó haría más bien que mal?

Con un pequeño esfuerzo, impulsado por esa misma honradez, y una clara defensa a la propia individualidad, esa persona entenderá que nada ha perdido, ni perderá. Puede seguir creyendo en la belleza. Puede seguir siendo lo que es. Puede seguir buscándose y construyéndose.

¿Cuál es el espejismo de intentar ser uno mismo? ¿Aceptar que la costumbre a una idea es más fuerte que nuestra propia capacidad de razonar? ¿Aceptar que nos da pereza y que nos sentimos cómodos con lo que ya llegamos a creer, aunque los hechos demuestran que creemos en basura?

¿Aceptar que solo eres lo que crees, que solo eres mientras odies todo aquello que no entiendes y temes?, ¿que te defines y te etiquetas a partir de lo que rechazas? ¿Que usas tus dogmas para justificar tus odios en lugar de proteger tus amores?

¿O todo lo contrario?

¿O acaso el espejismo de Aute es el intento y no el ser? Y resulta que ni siquiera hacemos el intento.

Esto que escribí no se trata de religión ni política, aunque parezca. Es que sinceramente creo que el ser humano es mejor en solitario que en manada. Que está más cerca de ser encontrada  la virtud en las divagaciones  de la soledad y de la creación propia del intelecto, que en el concilio y en la asamblea dirigidos por un “líder” de lo que sea.  Mi única certeza sobre ser uno mismo: al menos no hay que ser el borrego, ni el feligrés de nadie.

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