¿Escritor?

Cuando estaba en sexto curso escribí un poema. Ni por el putas se lo iba a hacer leer a los bestias de mis amigos, nosotros crecimos con la sensible guía de Stallone, Van Damme, Chuck Norris y Porcel. Obviamente la bulleada hubiese sido de proporciones gigantescas. Lo lógico fue llevárselo a mi profesor de literatura de ese entonces. A fin de cuentas se suponía que el licenciado hacía lo posible por sacar a Sabrina Salerno de nuestras cabezas y meternos un poco de “El boletín y elegía de las mitas”.

Avergonzado  le entregué el papel escrito a mano de un poema de quinta categoría, pero que en todo caso fue mi primer escrito de quinta categoría. El señor H. lo leyó y con esa cara de piedra afilada que tenía me miró de medio lado y me dijo: “Lugo, de gana estás sufriendo, anda mejor a jugar fútbol con tus compañeros”. Estábamos arrimados con los codos sobre la baranda anaranjada del canchón de las asambleas. Al frente la cafetería, atrás la tesorería y a nuestra derecha la enfermería.

No volví a escribir sino hasta los 28 años. Y aunque uno, como casi todos, sostiene que la escritura es un acto solitario y además un acto en soledad, la gente cercana influye definitivamente.

Hace unas semanas tuve el honor de recibir el futuro libro de relatos de un flamante amigo. Y me contó que tenía muchos cuentos escritos desde hace años guardados en el anonimato de su computadora. Me dijo: “me enamoré y mi mujer me dijo hazlo, escribe más, publica, yo te apoyo”. Y pensé que su historia de la mujer acolitándole era su forma de esconder que por fin le ganó la vanidad de publicar.

Antes de ayer estuve invitado a hablar de libros en una librería/cafetería muy acogedora y valiente que se llama Tres Gatos (Foch entre Tamayo y 6 de Diciembre). Y mi nuevo amigo y próximamente escritor publicado tuvo la generosidad de asistir junto a su pareja.

El público tomaba la palabra con frecuencia, cosa muy importante cuando el autor invitado tiene poco que ofrecer, y afortunadamente uno de quienes habló fue mi amigo. En una de sus intervenciones empezó a decir: “Los escritores son….”, y mientras continuaba su oración, pude notar que su mujer le tomó del brazo con afecto y al oído le dijo “SOMOS”.

Y esa acción me pareció lo más relevante de esa reunión.

Para quienes sean escritores y se encuentren con un “profesor” como el que yo tuve, no le hagan ni un minuto de caso.

Y ojalá encuentren esa persona, cuya opinión les importe, que les diga en el oído, “eres un escritor”.

Mientras tanto, escriban y trabajen en algo, porque la literatura casi nunca es gran negocio.

Por eso vale el doble que te digan escritor.

 

Acerca de Rafael Lugo 167 Articles
Quito, 1972

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