El alma está en el cerebro

Hubo una época en que un grupo de seres humanos creían en tres tipos distintas de “almas”, una del hígado, otra del corazón y la tercera, el alma de la razón. Los griegos tenían su propia creencia, así como los egipcios. Tener alma es una idea reconfortante como pocas.

Hace tiempo di con un libro que recomiendo con convicción llamado “El alma está en el cerebro”, escrito por el divulgador científico barcelonés Eduardo Punset. Y quiero aquí dejar consignadas algunas reflexiones, conclusiones e ideas de una obra que, mediante entrevistas a distintos profesionales, responde docenas de interesantísimas preguntas sobre el comportamiento humano.

Preguntas como ¿Por qué los jóvenes son ‘irresponsables’?, ¿es usted un psicópata?, ¿tiene usted un hijo psicópata?, ¿es usted un tramposo?, ¿vemos sólo lo que queremos ver?, más una larga lista de datos debidamente sustentados en investigaciones científicas, cruzan las cuatrocientas y pico páginas de esta obra publicada por primera vez en 2006, y que junto a su libro “Por qué somos como somos”, son sus dos obras recomendables por la información científica que han entregado.

Vuelvo al tema del alma, el libro arranca con estos párrafos: “En la Inglaterra de mediados del siglo XVII, el alma es un principio inmortal e inmaterial que piensa, siente y rige el cuerpo; el cerebro, por el contrario, parecía una glándula de aspecto desagradable y de irritante inutilidad. En ese momento histórico, alguien acuña la palabra «neurología». Thomas Willis (1621-1675), junto a un grupo de sabios, inauguró una nueva era: la «era neurocéntrica» en la que nos encontramos hoy, donde cerebro y mente son dos conceptos inseparables. 

Willis estudió con detalle la estructura cerebral y propuso una nueva concepción de la mente: para él, pensamientos y emociones eran tormentas de átomos en el cerebro. De alguna manera, abrió el camino teórico que habría de llevar al descubrimiento de los neurotransmisores varios siglos después. Si Descartes estaba equivocado, si no había espíritu y todo era materia, los males del alma serían necesariamente físicos. Willis propuso entonces que los trastornos mentales, como la depresión, se podían curar con sustancias químicas y preparados farmacéuticos capaces de restablecer el equilibrio del fluido nervioso. Hoy forman parte de nuestra cultura los fármacos contra la ansiedad o la depresión, la timidez o la hiperactividad.

Puede que formalmente las teorías de Willis se parecieran más a la alquimia que a la ciencia moderna, pero es innegable que dio los primeros pasos hacia las concepciones de «mente» y «cerebro» que tenemos hoy. Willis inauguró hace más de tres siglos nuestra era: la era del cerebro…”

 

No deja de llamar la atención que en el siglo XVII, incluso con las justificables equivocaciones de interpretación de los hechos, haya existido un médico capaz de pensar en todo lo que Punset nos cuenta sobre Tomás Willis. Willis se adelantó a Darwin en más de doscientos años cuando detalló los procesos evolutivos del cerebro, pero sin jamás usar la palabra evolución, pues Willis, un ferviente católico, supuso en la grandiosidad que iba descubriendo, la mano de un creador.

Es útil darse cuenta de lo que le ha costado a la humanidad desaprender las pocas y absolutas “verdades” que la dominaron durante milenios. Los conceptos que se han quebrado, las certezas que no fueron tales. Renunciar a lo que creemos es en mucho renunciar a lo que somos y eso nos cuesta un trabajo y sacrificio que no todos están dispuestos a realizar. Sobre esto Punset señala que el “alma está en la neuronas”:

 “Ya hemos visto que el cerebro es física y química, pero las consecuencias de esos procesos físico-químicos son las ideas, y una idea recurrente entre los seres humanos es preguntarse si se mantiene algo después de la muerte. Los hombres y las mujeres están dispuestos a admitir el carácter inevitable de la muerte, y no les importa en exceso que sus átomos se desconecten, pero a duras penas pueden entender que todo concluya ahí: ¿la idea del yo es también cerebral? ¿Es también material químico? ¿La idea del yo puede desaparecer del cerebro?

 Carl Zimmer admite que estas preguntas son inquietantes: «Cuando observamos a alguien que padece la enfermedad de Alzheimer u otro tipo de daño cerebral, realmente puede verse cómo el yo de esa persona desaparece: se destruye paulatinamente a medida que el cerebro se va destruyendo. Esto puede observarse perfectamente. Observando ese proceso, uno no puede forjarse la ilusión de una muerte súbita y pensar que el alma o el yo se vaya a otro lugar, como a través de una puerta. Cuando se observa a alguien que tiene Alzheimer, lo que se aprecia es que el yo, simplemente, se desintegra». Lo que también puede apreciarse cuando se observa este tipo de dolencias es que el yo cambia…

 ¿Es que puede cambiar el alma? Una persona puede transformarse completamente si sufre una demencia: un conservador puede pasar a ser muy liberal, o puede comenzar a vestirse de un modo completamente distinto, o puede decidir hacerse pintor… De pronto, ya no parece la misma persona y apenas puede recordar su propio yo… o su yo anterior. «De hecho, pueden estudiarse los cerebros de estas personas y se puede observar que se han producido cambios físicos en el cerebro que, a su vez, cambian a la persona», confirma Zimmer.

 ¿Han oído por ahí la muy común frase de “yo soy así, y así me he de morir”? O la más motelera: ¿Así soy yo y si no te gusta, te vistes y te vas? Yo escuché una muy similar hace poco en la letra de un reguetón. Ese orgullo de no cambiar tiene que ser doloroso, o mejor dicho, debería doler. Y se asocia directamente con el terror a la muerte, pues la muerte es “el dejar de ser” por excelencia. Y sobre esto el libro de Punset comparte lo siguiente:

“El «yo» es un concepto muy importante en Occidente y la simple idea de que el yo pueda desaparecer… causa estragos. Nuestra idea del yo es mucho más profunda que el simple reconocimiento de uno mismo. Los chimpancés también son conscientes de sí mismos y se reconocen en el espejo, pero nosotros, además de reconocernos, somos capaces de imaginar y generar convicciones. Algunas de estas convicciones pueden demostrarse y otras no pueden demostrarse en absoluto. ¿A qué categoría pertenece la idea del yo? ¿Es simplemente una convicción que hemos generado? ¿Es una idea imaginativa que supone que hay algo más que redes neuronales y neurotransmisores? ¿Cómo surgió esta idea del yo? Carl Zimmer asegura que el cerebro actúa de un modo distinto cuando pensamos en nosotros mismos. (Se ha estudiado desde una perspectiva neurológica, a través de gammagrafías cerebrales). «Hay ciertas regiones cerebrales que parecen coordinar un tipo especial de pensamiento al pensar en nosotros mismos»… (Nota: Carl Zimmer es un escritor científico especializado en evolución y parásitos.)

Ahora bien, no es para sentirse mal todo esto, sino sencillamente para ser conscientes, para entender nuestras conductas. Que aquello que desde hace siglos se trata de definir como “alma” está en el cerebro ya está probado por la neurociencia. O sea, no es que abrieron un cerebro y encontraron un letrero que dice “aquí está el alma”, pero ya se han podido establecer las funciones del dichoso órgano y hasta la localización de cada una, y entre esas funciones está esa sensación de tener un cosa etérea adentro del cuerpo cuando en realidad solo son reacciones eléctricas de algunas neuronas.

Es difícil aceptarlo, porque queremos seguir creyendo que hay algo externo a nosotros como el alma que se queda el tiempo que vivimos y se va cuando morimos a flotar entre nubes para toda la eternidad. Morirse, desaparecer, es, ha sido y posiblemente será siempre la gran desesperación de la humanidad. Y para este deseo, o para esta necesidad de diluir la desesperación también encontramos una explicación este ( ¡y muchos otros!) libro:

 “Nuestro cerebro es un dispositivo fruto de la selección natural y está dedicado al servicio de un organismo vivo: nosotros. Y ¿cuál es la meta de todo organismo vivo? La supervivencia.

 Nuestro cerebro tiene un solo objetivo: nuestra supervivencia a toda costa. Y a veces, para conseguirlo, es capaz de suplir la información que le falta por fantasías y fabulaciones. Lo importante es que la información no nos falte, aunque parte de ella no sea exacta. Lo importante es que la realidad se nos presente con un sentido completo y coherente, que creamos que todos nuestros comportamientos están bajo nuestro control, que nuestra memoria parezca un reflejo de lo ocurrido.

Para nuestro cerebro es más importante contarnos una historia consistente que contarnos una historia verdadera. El mundo real es menos importante que el mundo que necesitamos…”

El mundo real es menos importante que el mundo que necesitamos. Es cierto, por eso nuestra tendencia es dar por verdad solo aquello que nos hace sentir bien o que nos conforta o consuela.

 

Pero a la realidad nada le importan nuestras deseos y urgencias.

 

 

Acerca de Rafael Lugo 165 Articles
Quito, 1972

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