Hay que de dejar de sentirnos orgullosos del zigoto que fuimos

rafael lugo zigoto

Uno va por la vida pensando en que somos el producto de una noche de amor entre nuestros padres y, aunque este es un análisis romántico de la situación, es también una simplificación extrema de la estadística.

Otros más místicos —menos gratos con sus progenitores y con delirios de grandeza— se consideran producto del milagro de un dios generoso que decidió hacerlos llegar al mundo ESPECÍFICAMENTE a ellos.

Pero el asunto de nacer no es simple ni es místico. Puede llevar a la confusión de creerse un portento celestial porque el asunto de la concepción tiene miles de ceros luego de la coma. Sin embargo, aunque parezca que no, la grandeza del mismo número explica racionalmente la ocurrencia del suceso.

Vamos a ver… En estadística se conoce, entre varios, el cálculo de la probabilidad de que ocurra un evento simple. Es algo así como: Si tienes diez monedas en el bolsillo y nueve son de dólar y una de veinticinco centavos, entonces tienes un décimo de posibilidades de sacar la de veinticinco centavos al meter la mano al bolsillo, o en números decimales 0,10.

Con este mismo cálculo daremos con las probabilidades de nuestra concepción. Aunque primero aclaro que una cosa es la probabilidad de la concepción y otra la probabilidad de haber sido NOSOTROS los concebidos.

En cada eyaculación se desbandan unos 250´000.000 espermatozoides y llega uno (cuando no son gemelos o más). O sea el 0.000000004 de entre todas las opciones fue aquel intrépido y cromosómico bicho flagelado que subió a lo más alto del podio del óvulo luego de atravesar el moco cervical, el útero y llegó a la trompa. De esa millonada unos 1000 espermatozoides sitian al óvulo hasta que el primero en entender que tiene que desprenderse de su amada cola consigue penetrar la corteza. Nótese que a partir de ahí empieza una historia de ir perdiendo cosas, como por ejemplo, el uso del control remoto de la televisión.

A esto hay que agregar que 1 de cada 20 óvulos femeninos alcanza la madurez, lo que nos conduce a dividir ese 0,000000004 para 20, lo que nos deja un número de 0,0000000002.

Pudimos haber sido cualquier de esas posibilidades que, miradas desde otro ángulo, fueron 250 millones por 20, es decir: somos uno de entre 5 mil millones de los que pudimos haber sido.

Y así considerando que el progenitor tuvo la puntería de Guillermo Tell y consiguió endeudarse para siempre en la primera sesión. En un ejemplo de “tres sin sacar” las cifras se vuelven impresionantes. Casi como el sujeto.

Pero esto no es nada. Ya que todos los seres humanos cumplimos con esta probabilidad millonaria, también lo hicieron nuestros antepasados:

Dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos, sesenta y cuatro antepasados en la séptima generación; 16.384 en la décimo quinta. En teoría nos precedieron 524.288 seres humanos, si la suma llega hasta la generación número 20. Ya con ese número de abuelos más les vale que sigan creyéndose más finos que la Duquesa de Alba, por cierto.

Digo “en teoría” porque cuando el matrimonio es entre primos hermanos, comparten los mismos abuelos y ahí derrapa todo el cálculo, así que con ellos no nos vamos a meter, por ahora, aunque su cifra de antepasados sigue siendo gigantesca.

Solo tomando para el cálculo los 534.288 seres humanos que nos antecedieron y entendiendo que cada uno de ellos fue una de entre cinco mil millones de opciones, el cálculo más simple (y posiblemente equivocado por su simpleza) podría ser el siguiente:

0,0000000002 dividido para 524.288, cuyo resultado es 0.0000000000000003743. Es decir, tomando en cuenta solo 20 generaciones previas, somos uno de entre 2.671.440.000.000.000 de los seres que pudimos haber sido. Uno entre un número con ínfulas de infinito.

Sin embargo, si aplicamos la “regla de la multiplicación” que manda a multiplicar las probabilidades individuales de dos eventos independientes para obtener el resultado de ambos, deberíamos multiplicar las probabilidades de cada uno de nosotros por la de cada uno de nuestros antepasados y creo que al final tendríamos un número que podría dar infinidad de vueltas al Universo conocido. Y mejor no, porque con un número mayor seguro van a sentirse más especiales de lo que ya se van sintiendo.

Lo cierto es que, se calcule como se calcule, cada ser humano es el resultado de una forma de azar con billones de posibilidades. Acaso un número cercano al número de estrellas del cosmos. Razón tenía Felipe, el amigo perezoso de Mafalda, cuando se preguntaba, “¿Por qué justo a mí tenía que tocarme ser yo?”, aunque en su agobio no medía la profundidad de su pregunta.

Ahora bien, conozco a mi gente, seguro algunos ya están pensando “Memuero, somos un milagro. Elé, elé, elé, diosito si existe porque sin él yo no existiría con lo difícil que ha sido”. Y la verdad es que la cosa es al revés.

Pero sigamos.

El profesor de la Imperial College of London y director de la Royal Statistical Society, David Hand, publicó en 2014 un libro titulado “El Principio de Improbabilidad” que explica de forma racional lo que usualmente nos parece un milagro por su aparente improbabilidad.

 

Su principio general radica en que los sucesos más improbables son los más usuales de todos, y lo explica con cinco leyes: 1. La Ley de Inevitabilidad; 2. La Ley de los Números Realmente Grandes; 3. La ley de la Selección; 4. La Ley de la Palanca de Probabilidad; y, 5. La Ley de lo Suficientemente Similar.

La Ley de inevitabilidad, dice que necesariamente debe ocurrir cualquiera de la serie completa de todos los posibles resultados de un evento aleatorio. Por ejemplo: De todos los posibles resultados del sexo entre nuestros padres, al menos uno debe suceder, así como puede suceder que uno o ambos hayan nacido sin la capacidad de tener hijos. La posibilidad de que hayamos sido ese que conocemos como “YO”, es igual a la probabilidad de que lo haya sido otro u otra. Capaz, incluso, uno más chévere.

La Ley de los Números Realmente Grandes explica que con una cantidad suficientemente grande de intentos, cualquier evento extravagante ocurrirá.

Alguna vez esta ley se cumplirá en el Estadio de Liga de Quito cuando finalmente triunfe el Barcelona de Guayaquil. No será un milagro, será sencillamente que tarde o temprano, con una enorme cantidad de partidos, ese día llegará. Así que, hinchas del Barcelona, cuando le ganen en ese estadio a la Liga no vayan a salir de rodillas desde Quito hasta Pallatanga agradeciéndole las rótulas a Narcisa de Nobol, sino a la ley de los números realmente grandes y a los jugadores que lo intentaron en suficientes ocasiones.

La ley de la Selección. Señala Hand que “cualquier cosa puede ser «la más probable» si se observa el final del experimento”.
Usemos un ejemplo de nuestra historia (Hand hizo uno con la historia de EEUU). Parecería que entre Antonio Flores Jijón y Galo Plaza Lasso, además de ser expresidentes del Ecuador, nada más tendrían en común. Pero veamos: Antonio Flores Jijón fue hijo de un expresidente del país (Juan José Flores) y lo mismo Galo Plaza Lasso (Leonidas Plaza). Juan José Flores y Gabriel García Moreno se unieron militarmente en 1860 y se tomaron Guayaquil. Leonidas Plaza y Eloy Alfaro se unieron militarmente en 1883 y se tomaron Guayaquil. La primera pareja lo hizo para derrocar al dictador Franco, y la segunda al dictador Veintemilla. Sabemos además que García Moreno y luego Alfaro alcanzaron la presidencia del Ecuador.

Flores Jijón y Plaza Lasso antes de ser presidentes fueron diputados por Pichincha, ambos tenían doble nacionalidad: Flores colombiana y ecuatoriana y Plaza, ecuatoriana y estadounidense. Sus padres fueron generales, por cierto. Y buscando aún más se podría seguir encontrando coincidencias entre estos dos personajes distanciados con casi 80 años entre sus nacimientos.

En otras palabras, es cuestión de saber buscar las semejanzas, cuando los eventos ya han ocurrido.

La Ley de la Palanca de Probabilidad sostiene que “pequeños cambios pueden hacer que eventos altamente improbables sucedan con seguridad”.

Esta ley nos pide que analicemos las causas detrás de un suceso en apariencia imposible, como encontrarse con una ex en Disney y luego en el mismo maldito avión de retorno a Quito. Pero la verdad es que usualmente la gente que conoces va de vacaciones a los mismo sitios, viven en la misma ciudad y tendrían que volver al mismo lugar, hay pocas aerolíneas disponibles, los calendarios de vacaciones son comunes y así varias explicaciones pequeñas que se van sumando para restarle magia a la situación. No vayan a creer que es una “señal” del destino para pegarse un remember.

La Ley de lo Suficientemente Similar: Tendemos a calificar como idénticos a los sucesos muy similares. Usaré un ejemplo personal: Hace unos meses en el aeropuerto de Atlanta se me acercó un hombre para hacerme una encuesta de servicio de la aerolínea. Cuando vi la identificación en su solapa leí mi propio nombre. Este señor se llamaba Rafael Lugo. ¿Raro?, sí, pero no inusual, ni peor imposible. Este tocayo mío era venezolano y los nombres castizos son típicos de Venezuela y Ecuador. Somos millones de ecuatorianos y son más millones los venezolanos. Este Rafael Lugo venezolano debió haber entrevistado a cientos de pasajeros latinoamericanos, pues su zona de trabajo eran las salas desde donde embarcaban pasajeros con ese destino, y el Aeropuerto de Atlanta es el más grande del mundo, en fin… matemáticamente es casi seguro que el asunto podría ocurrir en algún momento. Nuestros nombres era similares, pero no eran idénticos. Ni tampoco nosotros. Él era mayor, sus otros apellidos no eran los mismos que los míos, ejercemos profesiones distintas, yo soy muchísimo, pero muchísimo más guapo, y así millones de diferencias entre ambos, que demuestran que no hubo nada de milagroso o imposible en una pequeña coincidencia dentro de tantas diferencias.

En su libro, David Hand concluye: “el principio de la improbabilidad nos dice que los acontecimientos que consideramos altamente improbables ocurren porque interpretamos equivocadamente los hechos. Si podemos descubrir dónde nos equivocamos, entonces lo que nos parece improbable lo entenderemos como probable”. En otras palabras, siempre hay una explicación racional para todo.

Ahora, esto nos debería llevar a entender algunas cosas, especialmente que lo que ocurre en el universo, con evolución incluida, no son más que actos inevitables que cumplen con suficiencia todas las leyes que he compartido. Entendamos que fue inevitable que uno de los 5 mil millones —a la n potencia— de los que pudimos ser, finalmente haya nacido. No hubo un propósito en que hayamos sido nosotros en lugar de cualquiera de los otros que pudimos “ser”. Así como no hay propósito, ni plan, ni “diseño inteligente” desde el inicio hasta el fin del universo. PROPÓSITO es la palabra clave en todo esto. No hay propósito en nada de lo que ocurre en la naturaleza.

Nuestra llegada al mundo no es un milagro de ningún tipo. No fue algo especial ni —peor aún— se sostiene con lo que algunos creen: que son “hijos de dios” y que con eso basta. Con estas racionales explicaciones, notarán ustedes, que tampoco el KARMA es una situación real, ni el DHARMA, claro está.

Pero si pudiéramos hacer de nuestra vida algo especial y hasta algo inusual, esa es otra jurisdicción donde sí entran los propósitos y los planes conscientes que habitan o desarrollamos en nuestros cerebros. El “diseño inteligente” que cada vez menos personas pretenden incrustar en la explicación del cosmos, es potestad exclusiva de cada ser humano que se precie de tener cerebro y decida sentirse cómodo con la realidad. Nuestra concepción no tuvo propósito, pero nuestra forma de vivir si podría tenerlo. A los ojos de este planeta que vamos destruyendo, no hubo propósito en el aparecimiento de este engendro destructor llamado humano, pero si pueden los humanos tener el propósito de no seguir destrozando el planeta.

Volviendo al principio, pues creo que no vale la pena sentirse orgullosos de ese falsamente mágico zigoto que nos dio inicio, sino de la cantidad de perversidades que evitemos cometer.

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