¿Quién realmente cree en la evolución?

Son pocas las personas que conozco que todavía creen en el dogma creacionista bíblico que “explica” el mundo con un texto llamado Génesis, mediante el cual, en resumen una deidad cuya existencia se explica con un sencillo “siempre existió”, un día resolvió crear todo lo que hay en el universo. Luz, agua, animales, el pecado, Netflix, Adán, Eva, la manzana, la culebra, el burro con cuya quijada Caín mató a Abel y todo lo demás. Esta deidad tuvo un propósito, un plan, y no obtuvo resultados conforme lo había planeado, porque se le ocurrió darles una adicional de su tarjeta de crédito a sus hijos y ahí se le empezó a joder todo. Un día perdió la paciencia,  ahogó a todos, y los que le salieron luego resultaron más bestias incluso.  Hasta se le cayó un ángel.

A estas personas el concepto del bien y el mal les resulta muy fácil de incluir en sus criterios, porque su deidad espera una cosa y le salen con otra. Y así es cómo varias religiones operan: virtud y pecado, putas y vírgenes, buenos y malos. Lo que está bien, y lo que está mal. Así han diseñado un código moral y entre sus calificaciones de entre lo que está bien y lo que está mal, no dudaron en sostener por siglos, por ejemplo, que un enfermo de epilepsia era un pecador poseído por el diablo.

Sobre esto y lo que viene después cito al divulgador científico Eduardo Punset, que en uno de sus libros, titulado ¿Por qué somos como somos”, incluye estos dos párrafos:

 

“Hoy empezamos a saber, por fin, por qué somos como somos. Una de las primeras cosas que hemos descubierto —hace nada menos que cuatrocientos años, pero como si no— es que ni el planeta ni nosotros mismos somos el centro del universo. Andamos subidos a 250 kilómetros por segundo en un planeta de una estrella mediana en la parte exterior de una de los billones de galaxias existentes. Y, no obstante, ¿cuántas personas siguen creyéndose el centro del mundo?

Nos ha costado más todavía —una mayoría de los habitantes de la Tierra sigue creyendo lo contrario— aceptar que es muy difícil detectar cualquier atisbo de propósito o intención en la historia de la evolución. En la perspectiva del tiempo geológico —¿hay otra manera de medir el tiempo?— somos la última gota de la última ola del inmenso océano cósmico.”

 

Les pido siempre recordar aquello de que no hay PROPÓSITO en la evolución, durante la lectura de este texto. ¿Qué se entiende por “PROPÓSITO” en los términos que estamos viendo? Pues en una voluntad expresa de lograr algo. En una conducta con una intención determinada para conseguir un resultado deseado. En un man aplastando los botones de su consola para estrellar un asteroide contra un planeta y así permitir la aparición de los mamíferos.

Ahora bien, son un número algo mayor de gente que conozco quienes me dicen que no creen en la alegoría bíblica de Adán y Eva y todo lo que tiene que ver con el Génesis, PERO que están seguros de que su dios estuvo atrás de que ocurran todas las cosas que han tenido que ocurrir para que los seres humanos de hoy hayamos finalmente aparecido en este planeta, dinosaurios muertos por un meteorito incluidos.

Para ellos, el concepto de una evolución SIN PROPÓSITO, no es cierto, o posiblemente no lo están tomando en real consideración. Esto pese a que, como señala Punset (que se dedica a difundir lo que respetables científicos exponen), NO se ha podido detectar un atisbo de propósito o intención en la historia de la evolución. Y como inevitable consecuencia a esta mezcla de conceptos, no pueden evitar ver un “bien” y un “mal” en los resultados de la evolución. Y claro, si hay alguien atrás de un fin, y resulta que el fin no fue exactamente como se supone estaba planeado, entonces está mal. Aunque nadie realmente sepa cuál fue el “fin”.

No debemos olvidar que la biología de cualquier especie viva de este planeta va directamente relacionada con la evolución. Lo que significa, claramente, que en la biología TAMPOCO hay propósito. Aclaro esto pese a que es obvio. Y “creer” en una evolución biológica aderezada con un propósito es una contradicción de manual. No debería caber en una mente coherente ni la más mínima idea de que en la biología y en la evolución hay algo que sea malo o bueno, peor aún desde el criterio moral. Ya vamos a llegar a la parte en que se explica la diferencia entre moral y biología.

En resumen, si alguien quiere presentarse como una persona que no cree en el creacionismo, y sostiene comprender en su totalidad el concepto de evolución, pero en el fondo siente que algo estuvo atrás con un plan para hacer posibles ciertos resultados como somos los humanos, entonces no entiende el concepto de evolución. Digamos que están en el purgatorio.

Y conozco muy pocas personas que definitivamente si entienden que para que el proceso evolutivo que funciona desde que empezó la primera y más básica forma de vida en el planeta, el propósito o intencionalidad no son, ni han sido, necesarios, ni hay prueba de que haya operado.

Posiblemente estas personas recuerden al científico Theodosius Dobzhansky y su ensayo aparecido en 1973, titulado: “En la biología nada tiene sentido si no es en el contexto de la evolución”.  La verdad es que para ese entonces hacía falta desarrollar lo que se plantea en ese título, pero en la actualidad cualquier que sepa un poco de biología y de evolución, todo el concepto del autor se entiende con la sola lectura del título. No obstante creo que se puede decir que para este autor, una vez que había quedado claro que no había propósito en la evolución, la biología no podía calificarse en ningún campo que no fuera dentro de la comprensión de la evolución misma. Es decir, no es la moral de nadie la que puede decir cuál biología es buena y cuál biología es mala, sencillamente porque no tienen nada que ver la una de la otra.

Antes ya mencioné el tiempo en que se consideraba a la epilepsia como una posesión del mal. Hoy esta idea nos resulta una locura ignorante y descabellada, y es justamente porque entre la biología y la moral no hay relación. Lo mismo sucede con cualquier aflicción médica hereditaria que era tomada como castigo por los pecados de los padres, o las pústulas que el diablo le instaló a bueno de Job por alguna cagada bíblica que se había mandado. Ridiculeces que casi nadie (porque aún los hay) están dispuestos a creer. Aclaro (no debería) que no comparo enfermedad con tipo de sexualidad, lo que hago es demostrar cómo se ha tratado de “moralizar” los resultado de la biología.

Espero haber podido desarrollar con claridad el criterio de que en la evolución y en la biología no hay códigos morales que cumplir, pues sus resultados son simplemente reacciones naturales a los ambientes que aparecen y desaparecen en el Universo.

Ahora, quiero hablar de esta malísima costumbre que tenemos los seres humanos de calificar como bueno y malo lo que nos parece bueno o malo. Y en especial quiero hacer énfasis en el asunto sexual.

Si bien es cierto que la comunidad científica no se pone todavía de acuerdo con que los heterosexuales, homosexuales, transgéneros, transexuales, queer, pansexuales, bisexuales, y asexuales, sean un resultado biológico, hay suficiente duda de que sí.

No obstante, todos mis amigos homosexuales, y sus amigos, sostienen que se sintieron homosexuales desde niños, sin que haya mediado “ejemplo” o presión alguna. Todos, por cierto, criados en hogares conformados por parejas heterosexuales.

Y mi admirada amiga Silvia Buendía –enorme activista de Derechos Humanos- me ha regalado una metáfora sensacional: Con el tema de la biología y la sexualidad nos está pasando lo mismo que con la redondez de la Tierra. Durante siglos ya “sabíamos” que era redonda, pero tuvimos que esperar a ver la foto desde el espacio para confirmarlo absolutamente. Cualquier rato tendremos la foto.

Dicho esto, ante la posibilidad de que estos tipos de sexo sean un asunto biológico y por tanto sin propósito, debemos renunciar a calificarlos como buenos o malos, especialmente si decimos que no somos dogmáticos del creacionismo. No cabe juzgarlos.

Pero, si resulta que hay heterosexuales, homosexuales, transgéneros, transexuales, queer, pansexuales, bisexuales, y asexuales porque les dio la puta gana, entonces, pregunto, ¿qué nos importa? Salvo que quisieran casarse contigo, digo.

 

Es momento de hablar de moral. La moral es la forma de estudiar, definir y limitar la conducta humana. Por supuesto que la conducta moral no es un asunto exclusivo de religión alguna. En la conducta humana SI HAY PROPÓSITO. Así como no hay propósito en el sexo con el que naces, si lo hay cuando te reproduces voluntariamente, por ejemplo. Especialmente hay propósito cuando la persona actúa con voluntad. Y voluntad es la CAPACIDAD humana para decidir sobre algo sobre lo que puede decidir. Y cuando hay capacidad y voluntad, entonces hay responsabilidad. Y sólo el momento en que hay responsabilidad sobre los actos alguien puede ser calificado como “bueno” o “malo”.

Entonces, cuando un adulto viola a un niño es responsable de pederastia. Cuando en el kinder una niña besa en la boca a un compañerito o compañerita, pues no hay nada de malo. Cuando un tipo viola a una gallina, es culpable de bestialismo. Cuando un tipo viola a una chica ebria, es culpable de violación. Y así ad infinitum con los ejemplos donde si entra la moral, pues encontraremos propósito, voluntad, capacidad y responsabilidad.

Y por la misma línea, tanto derecho tiene una pareja de homosexuales adultos a formar una familia como una de heterosexuales adultos. Y si un adulto quiere cortarse el pene y ponerse tetas, será asunto solo suyo si se queda feliz para siempre o se arrepiente, como cualquier heterosexual con cualquier decisión que tome sobre su cuerpo, como una vasectomía, digamos.

No aspiro a que un dogmático creacionista que cree en la “familia perfecta” que su dios dicen que ha dicho, me haga caso. Sacudirles los dogmas es un poco sacudirles sus “certezas” sobre la eternidad en el paraíso y a veces hasta me da pena. Si alguien es capaz de confundir “virtud” con discrimen, nada realmente tengo para decirle.

Pero si aspiro a que todos aquellos que conocen cabalmente y admiten la evolución, pero tienen un irrefrenable deseo de caer en un asunto moral sobre el bien y el mal en conductas que no pueden ni deben ser juzgadas, ni peor perseguidas, se detengan unos minutos a analizar si lo que hacen es racional y humano.

Tienen dos opciones.

La segunda es volver a ir a misa todos los domingos.

 

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